En una época en la que hacer una copia de un juego era algo tan sencillo como grabarlo en una cinta virgen con un cassette de doble pletina, las compañías del sector del software de entretenimiento tenían que buscar modos de combatir la piratería en un mundo en el que los sistemas de protección digital eran poco más que un sueño. Para ello, el mejor modo de hacer frente a ese mercadeo de cintas grabadas no era otro que abaratar costes y ofrecer un producto con el suficiente valor añadido como para atraer de nuevo al consumidor más joven. No olvidemos que hablamos de mediados de los 80 y el target del sector, a diferencia de el de la actualidad, contaba con un poder adquisitivo bastante ajustado.
A partir de la famosa bajada de precios de Erbe en 1986 y que puso los juegos a 875 pesetas de las de entonces (unos 5.25€), las compañías empezaron a sacar al mercado recopilatorios de juegos en un formato más que interesante: un packaging atractivo, un par de cintas con 8 o 10 juegos recopilados y un libreto con instrucciones e ilustraciones de cada uno de los juegos incluídos, y todo ello a un precio imbatible.
Sin duda alguna, mi preferido siempre fue el famoso Lingote de Erbe.




